martes, 22 de septiembre de 2009

Locos de Short

Locos vestidos de short corren cual turba por la verde colina, nadie sabe que esperar, la multitud pagó sus entradas por sistema payper-view, pero el papel no alcanzó para todos…seguro mañana saldrá en los diarios, pero los diarios no hablarán de ti( ni de mi)
Otra vez el mocoso de camisa rosada se agita callado entre los comunes, lo distingo siempre por eso, por su camisa rosada con la cicatriz de un logo que alguien descosió.
Ahora, volviendo a la verde colina, entre los locos de short, alienados, se ve como un alma perdida ¡qué curioso! parece rosada; del alma salen como brotes que giran en todas direcciones pero no conducen a ningún lado, pobre alma! Más allá de la colina se acerca caminando a paso lento, un lento sabio con su comitiva, que silenciosa lo sigue e imita en todos sus gestos; el sabio lleva una túnica naranja , la mansa muchedumbre, un atún y camarón , y una pera, pero bajo sus bocas.

Hubo, otra vez, un largo silencio, solo el tip tap incansable del tipitatero ambulante.
Entonces sucedió, se abrieron las cortinas y ¡ alcoyana! ¡que carambula! Siete juglares haciendo de las suyas. La multitud, que había comprado sus entradas en forma anticipada, reía, más bien se convulsionaba de la risa; muchos, caídos de sus butacas preferenciales, se retorcían en el piso preferencial y casi no podían respirar; realmente y perdón por la comparación, parecía una orgía; yo no tenía tan buena vista, pues había comprado por boletería común, y me habían sacado un ojo (de lo cara); por eso no entendía bien porque tanta risa, a mi por lo menos no me parecían tan graciosos, hasta que, de golpe, el cuadro se me aclaró, fue como entender en una milifracción de nanosegundo, que las bolas de los juglares( las que tiraban al aire, no las de ellos) no eran bolas ¡ eran las cabezas de los locos de short! ¡ con razón corrían tanto los shortudos!

Entonces, horrorizado, empecé a gritar, y corrí, y corrí y llegué a la colina, que ahora era roja, vaya a saber uno porque; a lo lejos aún divisaba la columna de seguidores de sabios que ahora caminaban presurosos; atrás, sola, quedaba aún el alma rosada, y un poco más atrás, casi en el mismo lugar el mocoso de camisa arruinada.




Strangeman

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